sábado, 5 de diciembre de 2009

PALOMA DE PAPEL


Cuando el 17 de mayo de 1980 un grupo armando del Partido Comunista Sendero Luminoso irrumpió en el local del jurado electoral de Chuschi, a algunas horas de Ayacucho, para destruir los padrones y ánforas que debían utilizarse en las primeras elecciones generales después de doce años de dictadura militar, ningún sector de la sociedad peruana se encontraba preparado para afrontar uno de los capítulos más oscuros y dolorosos de la historia del Perú contemporáneo: la violencia subversiva. Los peruanos habíamos estado viviendo de espaldas a un germen que se había venido incubando en las propias entrañas de la nación y pronto habríamos de saber cuánto nos costaría esa indiferencia, esa desatención: década y lustro de atraso, de pobreza, de dolor, de muerte. Aunque las cifras oficiales hablan de treinta mil muertos, entre población civil, efectivos militares y policiales y terroristas, no existe un patrón de medida que pueda registrar en toda su magnitud las secuelas catastróficas de la violencia. Pero es seguro que nadie mejor que aquellos niños y adolescentes huérfanos, desplazados y/o reclutados por las organizaciones terroristas para dar testimonio del horror vivido. Crecieron en medio de un clima de guerra, entre dos fuegos, siempre sospechosos los civiles para uno u otro bando. Muchos de los cuales emprendieron la huida desde la sierra peruana hacia las ciudades de la costa, Lima principalmente. Otros fueron utilizados en atentados e incursiones de alto riesgo. Entrenados para matar, lavados sus cerebros para la obediencia ciega al partido. De su niñez verdadera quedó apenas un recuerdo borroso, una sombra fugaz anterior a la conciencia de una lucha que se hacía suya a la fuerza y que los hizo hombres y mujeres precoces. No existen estadísticas para este desarraigo, ningún estimado que desnude este crimen. Como tampoco se conoce bien cuántos niños torturados, mutilados, violados sembró el terrorismo en el suelo peruano, borrando de un solo trazo a toda una generación, perdida irremediablemente, la voz de un Perú que pudo ser y no fue, truncado hasta la médula. Diez años después es hora de escucharla.

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